Hijos de Perra... por Santiago López Castillo

Hay una definición abrupta, a flor de labios y de piel que es hijo de perra. Alguien, con sentido común, que haya tenido una perra sabrá que es la más desacertada de las calificaciones que pueden hacerse porque en absoluto responde a la realidad. La hembra si se ha tenido la delicadeza de observarla pare con amor y con extremado celo sus crías. Las cuida y las amamanta en hermosa y ejemplarizante actitud maternal. Pero la tradición y la leyenda, empero, se expanden como la mala yerba y, por desgracia, lo peyorativo germina y prevalece en la irreflexiva opinión de las gentes.

Los autores recientes de la mutilación y cruz de seres tan indefensos como los perros de la perrera de Tarragona, o los crueles de ritos satánicos con animales en el abandonado matadero madrileño de Legazpi, no admiten otro apelativo que el de hijos de perra en su peor sentido, o, más correctamente, hijos de puta.

España es un país arboricida, maltratador de animales y secularmente cainita. El perro no sólo es el mejor amigo del hombre, como se ha dicho siempre y aún a cantazos, sino que es el lazarillo del ciego, el equilibrio del desequilibrado, la terapia del traumatizado, la pena compartida. La literatura, además, está llena de páginas rectamente descritas y de innumerables firmas de mérito como Virginia Wolff, J, R. Jiménez, Delibes, Cela, Gala y perdonen la inmodestia quien esto firma que para eso escribió su "Canela" desde el corazón y tuvo el reconocimiento del pálpito de la vida y de la literatura de bien. Aquí estamos. En ese odio maldito por cuanto nos rodea, que no es poco, caiga quien caiga; a base de tirachinas, escopetillas, miras telescópicas, ligas de pájaros, y ese arma letal que es el abandono de los perros. El mundo rural, en el que tanto nos miramos, pero que a la vez resulta odioso aún arropado de ternura, y que no es otra cosa que la ignorancia, siempre ha considerado a los animales como algo provechoso, útil, como cualquier apero de labranza, mas nunca como algo consustancial al hombre. Su
uso y disfrute del labriego se circunscribe, fundamentalmente, a la caza, a galgos o podencos, y si no responde ante la pieza, "lo avío".

Pero la evolución del hombre no ha de tener más largas miras que las precisas: las que se circunscriben a la percepción de que todos los animales son necesarios y que nos muestran su cariño y entendimiento. Ahí están los perros de las Torres Gemelas buscando entre los escombros la vida y ese "stress" que hubieron de tratar los psiquiatras norteamericanos porque los animales no encontraban seres con vida. O aquel lazarillo que condujo a su amo ciego desde la decimoséptima planta del World Trade Center hasta el suelo invirtiendo 1 hora y 27 minutos de desesperación a tientas y a ciegas. O el perro custodio que espera la resurrección y vida de su dueño junto a un cementerio o hospital. O la estampa histórica de María Estuardo yendo al patíbulo dejándose acompañar exclusivamente por su perro "Charles King". ¿Se puede pedir más...? Sí, el respeto al mundo animal. Simplemente, eso.


Santiago LÓPEZ CASTILLO
director del programa "Parlamento" de TVE
(La Razón, 19/11/2001)

 

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