La güeb del Reinares
 

 

 


 


 


La Historia de Baxter y Carla

 

Quiero contarles una historia basada en hechos reales. No pretendo ser rigurosamente fiel a la historia, pero así la conozco y así se la cuento.

 

Erase una vez dos perros, que fueron nombrados Baxter y Carla. Baxter un mastín macho y Carla una perra de mezcla de razas, con rasgos predominantes de Husky. Vinieron, por azar del destino, a vivir en una huerta, donde eran felices. Pero, casi nunca, la felicidad es completa. La huerta fue expropiada por una de esas cosas que tiene el progreso. Los dueños de la finca no pudieron llevarselos con ellos, porque en el piso en que vivían tenían otros dos perros y no resultaba factible tener otros dos, máxime siendo grandes como Baxter y Carla eran.

Me imagino el dolor que tuvieron que sentir cuando los llevaron al pabellón de la Protectora de Animales.

Cada día, Lidia, que así se llama su dueña, iba a pasearlos y a estar con ellos. Un día, se cree que, Baxter, tratando de cazar algún ratón tuvo una mala caída y quedo paralítico. Su dueña siguió yendo a cuidarlos cada día, cuidando en especial a Baxter que la miraba con esos ojos con que los perros desvalidos nos miran. Y así siguió hasta que, por otro azar del destino, Carla, la perra, hubo de ser sacrificada por una enfermedad y, Baxter, que hubiera quedado ya solo, con el sufrimiento de no poder moverse y la soledad, fue también sacrificado.

Pero de esta historia, lo que más me impresionó, cuando la oí, fue que Baxter tenía un gran miedo a las tormentas. En ocasiones, Lidia, iba con una manta al refugio y se echaba entre sus dos perros; dormía o dormitaba con ellos en aquel pabellón gélido y oscuro de la Protectora.

 

Tal vez alguien pensará que no tuvieron mucha fortuna esos perros. Sin embargo, fueron dos perros que tuvieron una de las mejores posesiones que un perro puede tener: una digna dueña. Dueña no de sus haciendas, que no tenían; ni de sus dineros, que tampoco; ni siquiera de sus vidas, aunque tuviera que decidir por ellos en un momento dado… Más fue una dueña capaz de pasar noches horribles en un oscuro y gélido pabellón por hacer compañía y no abandonar, jamás, a “sus” perros.

 

Lidia jamás ha presumido de lo que ha hecho. Seguramente, para ella, es tan natural como el amor que ellos le dieron.

 

Mi homenaje a todas las Lidias del mundo

 

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